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dimarts, d’abril 09, 2013

Los ojos

Todavía no consigo comprender cómo conseguiste aparecerte en medio de aquél país, en medio de aquella noche. Quizá tú no lo sepas, pero no huía de ti. Ya no. Y sin embargo, volviste a presentarte, fruto de esta extraña persecución que emprendiste hace ya casi dos años. Al principio dudé: otro cuerpo, otra cara. Pero luego te vi en los ojos, en esos otros ojos que al final resultaron ser tuyos. Los ojos nunca mienten, por desgracia, y en mi fondo supe que eras tú y fue muy raro porque creo que notaste que te había descubierto. Deja ya de perseguirme. Quiero dejar de encontrarte en cuerpos maltrechos que me den lástima, que dejes de ser una sombra errante. Quiero dejar de escuchar tus historias, de leerte la pena en forma de comas, de puntos y aparte, porque ya no te quiero.

dimecres, de març 20, 2013

Días en los que el mundo no importaba

Agárrame, enrédate a mi pelo y retenme. Sabes que me marcho... No dejes que me marche. Necesito seguir creyendo que, de algún modo, todavía hay alguien que no quiere que me vaya. Que soy especial, aunque ya no consiga hacer nada que te sorprenda. Házlo, va, oblígame a quedarme, pídeme una historia cada noche. Di que me necesitas, que sin mi tienes insomnio, que los días son más feos. Vamos, hazlo. Igualmente me iré pero al menos, tendré un motivo para volver. Sabré que me estarás esperando. Que cuando nos reencontremos nos comeremos en lo baños del aeropuerto, como hicimos aquél día en el que nos avisaron de lo del meteorito. Como hicimos aquellos días en los que el mundo no nos importaba.

diumenge, de febrer 10, 2013

Valencia como reflejo

Si algo me quedó claro de Valencia es que es un lugar donde no hay que vivir. Lo repetían los dos juntos, cada vez que parábamos en un semáforo que aún parpadeaba en verde. Cuidao, párate, que estos no frenan. Son lo peor. Luego comimos Pakistaní y por unos instantes me sentí alternativa, como cuando vivía en Madrid y leía los libros de Ágata y llevaba bufandas de lana quilométricas. Yo es que estoy acostumbrada a salir a cenar bocata, la verdad. Por eso del dinero..., dije. Aquí en Valencia también es típico ir de bocata, pero es que son pequeños y caros. Son lo peor, me dijeron ellos. Por la mañana me rodeé de ojos llenos de futuro, de corazones que aún bombean esperanza. Fue bonito, suficiente para creerme, por un instante, que todo sería mejor. Luego el taxista me explicaba que menosmaldeloscruceros, que Valencia ledaelculoalaplaya, que el gobierno que tenemos es lo peor. Y me dejó en la Estación del Norte, de una frialdad extrañamente planificada para un tren que llegó ardiendo, que me escupió en casa donde me recibió el silencio. Y pensé que nada de lo que me habían contado en Valencia era verdad. Que lo peor es llegar a casa y darse cuenta de que nadie te espera.

dimecres, de setembre 12, 2012

Bangkok II

No sé si soy una persona espiritual. Sé que me dieron la opción de no creer en nada, pero no sé si asumí esa agnosticidad por rutina o por convicción. El caso es que de repente me veo rodeada de fe. De gente que se arrodilla ante una estatua y le ofrece dinero. Gente que cree que hay algo más y parte de mí parece despertarse y, por instantes, me descubro pidiéndole a una figura un trabajo, que mis amigos duren, ser feliz. El cuento de mi vida.
Nuestras pituitarias ya se han acostumbrado al olor a pescado, a carbón asando pollos, al gas, a la basura de muchos días y a la contaminación y ya paseamos tranquilos. Mientras camino, miro a la gente que me cruzo a los ojos y a veces les intimido. Me pregunto si serán felices. No sé por qué me asalta esa intriga por la felicidad humana en una callejuela de Bangkok y no en el metro a las ocho de la mañana. Posiblemente allí hayan más infelices que aquí. Bastaría con empezar por mí misma, al otro lado del espejo de allí. Con las viejas cicatrices, los viejos hábitos, mi conocido cuerpo, siempre igual, ni suficientemente flaco ni suficientemente grueso. Y la infelicidad mía semanal que se evapora cuando por fin rompo el letargio y me hundo en la luz amarilla de la calle que me lleva a tu casa, con televisores siempre verdes por el césped, porque es sábado y hay fútbol. Y llego al edén, que es tu casa, donde las cosas aún son bonitas y todavía queda espacio para la fe. Dónde todavía existe un hueco para la esperanza. Donde aún queda algo en lo que creer, aunque sea agnóstica por rutina, de lunes a viernes.

dijous, d’agost 30, 2012

Bangkok

Caldo de pescado taponando cada uno de los poros que dejamos al descubierto en esta ciudad sin fin. Una hecatombe de vida, una inyección de "no hay tiempo que perder" y nosotros, tan perdidos. Podría acusar al vuelo - 28 horas en danza - o al jet-lag pero yo sé que no, que esta ciudad es lo que me parece desde el principio: un caos de cables de luz, de cazos con currys, de olores desconocidas y de chillones tuk-tuks. Prácticamente levitando, llegamos por casualidad (¿o fue causalidad?) a un antro que nos alojará durante dos noches. Pese a la luz de hospital que alumbra la habitación, no la sentimos fría ni neutra, más bien la sentimos hogar y así nos referimos a ella cada vez que salimos al caos. "Volvamos a casa", nos decimos, y regresamos allí, a la habitación de luz aséptica pero que ahora es nuestra casa, tranquila y calma, de una paz inexplicable enmedio de la ciudad. Y en la magnitud de la cama, contigo en la otra punta, casi en otra franja horaria, me da por pensar si no es este viaje una huida del futuro que no he creado y que se acerca tan rápido que no me queda otro remedio que correr en otra dirección, siempre contraria, y no parar nunca para que nunca me alcance.